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La Coctelera

Fragmentos

Los fragmentos, las ideas que surgen de ciertas lecturas van a ser la parte fundamental de este "blog".

Categoría: Fuego

4 Junio 2007

Chester Himes: "Por alguna extraña razón..."

"Por alguna extraña razón la casa se desintegró nada más que en tres direcciones. El frente se expandió a lo ancho de la calle, yendo elementos tales como cama, mesas, cómodas y una jofaina de esmalte semipintada, a estrellarse contra la fachada de la casa vecina. Las ropas de la Hermana Celeste, algunas de las cuales databan de los años veinte, se esparcieron sobre la calzada como un fantástico cubrecama multicolor. El fondo de la casa, junto al horno, el refrigerador, la mesa y las sillas, el catre y la caja de seguridad de Tío Santo, los cacharros y los cubiertos, pasaron por encima del cerco y fueron a parar al descampado. Después de aquello, los vagabundos que acampaban en el lugar pudieron preparar sus guisos con un inusitado despliegue de lujo. El garaje de hierro corrugado fue lanzado, intacto, a treinta metros de distancia, dejando al Lincoln desnudo bajo el sol. En tanto que la parte superior de la casa, incluido el altillo con su piano vertical, el trono de la Hermana Celeste y el baúl de los recuerdos, salieron disparados hacia el cielo, y aún mucho tiempo después de la explosión pudo seguir oyéndose que el piano muerto sonaba por sí mismo en alguna parte."
Cuchitril Literario

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5 Septiembre 2006

Gonzalo Torrente Ballester “Hoy me atrevo a decir que se acabó,…”

“Hoy me atrevo a decir que se acabó, como yo mismo un día de éstos, ¿quién lo sabe? La fecha incierta no se presiente. Estos recuerdos, así, en maraña, no surgen quietos; vienen y van, parecen girar, mezclarse, perseguirse, furiosos o frenéticos, ni uno solo tranquilo ni duradero. Los que aparecen iluminados, aunque nunca enteramente, son momentos cualesquiera en que culminó el amor: aquella tarde en que ella resbaló y estuvo a punto de caerse del bote al río, o aquella otra de lluvia, en que cuando iba a pedirle que detuviese el coche, porque necesitaba besarla, ella paró de repente y me besó. Pero después pierden la luz y se pierden ellos mismos en el general olvido, y son otros los que ocupan su lugar y se iluminan, para enseguida también desvanecerse: los miedos, las esperanzas irracionales, algún gemido. Contarlos es difícil al no existir en la memoria ese orden que el relato requiere. Tampoco es fácil describirlos, por la imprecisión de sus contornos al recordarlos, por su fugacidad. ¿Se distanciaron, o coincidieron, esta caricia con la otra, o es que duplica la memoria lo que fue uno? Acontecieron, sin duda, un día después de otro, y con su ritmo. El orden se perdió en el olvido: del ritmo, me queda la sensación, antes la llamé frenética, real como los acontecimientos mismos.”

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5 Septiembre 2006

Gonzalo Torrente Ballester: “¿A qué había venido?”

“¿A qué había venido? ¿Únicamente a calentarse, cuando el sistema de calefacción de su casa era mejor que el mío? ¿Sólo para estar delante de una chimenea, en un viejo salón atravesado de corrientes de aire en uno de cuyos rincones el agua de una gotera caía en una palangana? ¿Acaso porque la lluvia se escuchaba mejor en mi casa que en la suya? La contemplaba desde mi penumbra. Todavía era hermosa y atractiva; pero ¿cuánto tardaría su belleza en deshacerse? ¿Un año, quizá dos? Llevaba pintado el rostro, y no podía disimular las arrugas incipientes en el cuello, largo, sí, esbelto todavía. Aquella tarde no se había esmerado en el vestido: no venía, al menos, provocativa, como otras veces. Me dio la sensación de mujer vencida y quién sabe si desesperada. La gente que no lo ha experimentado no sabe lo que pueden dar de sí tantos días lloviendo, cómo pueden vencer las resistencias de los no habituados, cambiar la situación de un alma, dejarla inerme, desnuda. Para mí la lluvia es lo natural, y cuando vienen seguidos muchos días de sol, me aplana la monotonía de los cielos limpios, y busco, en el atardecer, esos crepúsculos encima de la mar que siempre acumulan brumas o nubes inesperadas, largas y oscuras, como rayas pintadas encima del horizonte rojo. No tenía más que subirme a la terraza de mi torre, y los veía, los cielos, quiero decir, de ese color consolador. El sol que se pone, además, parece que llama al alma, que la arrastra hacia ese más allá que nunca conoceremos, el alem que me sacaba de mí en los días más románticos de mi juventud. Pero no creo que una mujer como R. pudiera satisfacerse con el espectáculo de un crepúsculo, salvo teniendo un hombre en bañador, y la mar cerca. Sí. Contemplándola, aquella tarde, alumbrada por la luz cambiante de las llamas, la imaginé así. Pero el hombre que la acompañaba no era yo.”

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1 Septiembre 2006

Gonzalo Torrente Ballester “Todo el que una vez amó sabe…”

"Todo el que una vez amó sabe que su sentido se pierde, que el amor tiene duraciones propias nunca uniformes, a veces agitado, otras tranquilo. Rapideces y demoras las hubo también en el nuestro, lentitudes como eternidades, vértigos furiosos que no son nada en el recuerdo, porque también tiene su tiempo la memoria y alguna ley que se esconde debajo de su capricho, nos trae la imagen como quiere, no como fue. ¡Las veces en que me he recreado, a lo largo de todos estos años, en dilatar los instantes! Pero ¿siempre los mismos? También en éstos debe de haber una ley o su capricho, en la reaparición inesperada, involuntaria, de secuencias enteras que huyen como vinieron, que no se dejan retener y que difieren en cada una de sus apariciones, porque lo que sucedió fue siempre más complejo y más rico que lo que reaparece y no cabe de una vez en el recuerdo: ahora lo ves así, después de otra manera, las mil caras de la realidad, centelleantes, e inasequibles. Y, luego, a la memoria la condicionan las circunstancias del momento real, y las de este en que recuerdo."

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23 Mayo 2006

Kazuo Ishiguro: “No sé como habrá sido... sumamente estrictos con el hábito de fumar"

“No sé como habrá sido en otros centros, pero en H. los custodios eran sumamente estrictos con el hábito de fumar. Estoy segura de que habrían preferido que ni nos hubiéramos enterado de la existencia del tabaco; pero dado que tal cosa era imposible, cada vez que surgía cualquier referencia al hecho de fumar se aseguraban de aleccionarnos firmemente en contra de un modo u otro. Cuando se nos mostraba la fotografía de algún escritor famoso, o de algún líder mundial, y éste sostenía un cigarrillo entre los dedos, se hacía un alto en la clase para afearle la conducta en tal sentido. Circulaba incluso el rumor de que algunos libros clásicos –como los de Sherlock Holmes, por ejemplo- no tenían cabida en nuestra biblioteca porque los personajes principales fumaban mucho, y cuando nos topábamos con alguna página arrancada de un libro ilustrado o una revista, sabíamos que era porque en esa página aparecía la fotografía de alguien fumando.”

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9 Mayo 2006

Burgo Partridge: “Las bacanales fueron…”

“Las bacanales fueron, en su origen, un inocente culto báquico. El componente sexual se manifestó siempre e, inevitablemente, como podemos apreciar en incontables ocasiones distintas, acabó por prevalecer sobre todo lo demás. Se trataba de una racionalización y trascendentalización útil de emociones puramente humanas, que cargaba a hombros de la divinidad la responsabilidad de los actos de de las bacantes, realizados tras la suspensión de toda inhibición, lograda precisamente gracias a la utilización de la deidad como chivo expiatorio. En lugar de amigos, los dioses ya eran amos.”

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3 Mayo 2006

Gore Vidal: “Pitágoras, a mi entender…”

Pitágoras, a mi entender –aunque, ¿quién entiende la compleja totalidad de su pensamiento?-, pensaba que la unidad era la base de todas las cosas. Del uno, la unidad, deriva el número. De los números, los puntos. De los puntos, las líneas de conexión. De las líneas, los planos; y de éstos, los sólidos. Y de los sólidos, los cuatro elementos: el fuego, el agua, la tierra, el aire. Estos elementos se reúnen y forman el universo, que está constantemente vivo y en movimiento. Una esfera que contiene en su centro una esfera más pequeña: la tierra.
Pitágoras creía que, entre todos los sólidos, la esfera es el más hermoso; y que de todas las figuras planas, la más sagrada es el círculo, donde todos los puntos están unidos y no hay principio ni fin.”

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30 Abril 2006

Jorge Luis Borges: “Doy mis razones…”

“Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres –la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna (Historia verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, «redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio» (The Faerie Queene, III, 2, 19)-, y añade estas curiosas palabras: «Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central… Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor…La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería».”

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Sobre mí

Recorto palabras con tijeras doradas. Miro los fragmentos y los uno con seda transparente. Cinco elementos los agrupan: la tierra, el aire, el agua, el fuego y la esencia humana. Free counter and web stats

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